Hace 20 años el Museo Interactivo de Economía (Mide) abrió sus puertas en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Millones de personas de distintas edades y estratos sociales se han adentrado en los fundamentos del mundo financiero por medio de juegos.
Con vista a la calle de Tacuba se encuentra la oficina de Silvia Singer, directora general del museo, quien abrió sus puertas a La Jornada:
“México es un mosaico de realidades socioeconómicas enorme y ese fue nuestro primer reto: cómo comunicar los conceptos básicos, cada persona tiene una realidad socioeconómica, un nivel educativo y preocupaciones distintos”.
El propósito del Mide no ha sido formar economistas, banqueros, actuarios o fiscalistas, sino crear contenidos y materiales para todas las realidades de nuestro país, así como adecuarlos para que las personas no entren con la idea de que se volverán millonarios, sino darles herramientas suficientes para aprender, de alguna forma, a administrar sus finanzas.
Se han creado instrumentos de divulgación y educativos que, más que ofrecer recetas, orientan sobre cómo invertir o ahorrar. “Te doy las herramientas para que diseñes tu propio plan y definas cómo vas a mejorar tu ingreso”, explica Singer.
El inicio: preguntas y metas
El proyecto del museo comenzó en 2001, cuando el Banco de México anunció la creación de un espacio dedicado a acercar a la población la economía y las finanzas, temas que suelen ser considerados complejos y alejados de la vida cotidiana.
El anteproyecto fue autorizado por la Junta de Gobierno del banco central en febrero de 2002 y cuatro años después el Mide abrió sus puertas con una propuesta que, de acuerdo con Singer, fue pionera en el mundo, por ser el primer museo interactivo de economía.
La idea, explica, partió de una premisa sencilla: la economía y las finanzas están presentes en prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana, desde las decisiones que toma una familia hasta las posibilidades que tiene una persona de ahorrar, adquirir una vivienda, formar una familia o prepararse para el retiro.
“Es importante aprender de economía y finanzas porque están en nuestro quehacer cotidiano. Todos queremos saber más y crecer, pero también entender cómo opera la realidad que se nos impone.”
En estos 20 años la realidad también ha cambiado. En 2006 la educación financiera todavía era escasa y pocos bancos hablaban de manera abierta sobre estos temas; ahora, conceptos como ahorro, inversión, retiro y finanzas personales forman parte de la publicidad y de las conversaciones cotidianas.
A ello se sumó la transformación provocada por la pandemia de covid-19, que aceleró el uso de aplicaciones, pagos electrónicos, compras en línea y servicios de entretenimiento digital, pero también modificó la manera en que las personas se relacionan con la información y con su dinero.
“El museo debe reconocer que hay más información y que la gente se comunica de otra manera. Aprendemos de manera diferente y el Mide no puede seguir siendo el mismo.”
La renovación del museo, que concluyó a finales del año pasado, respondió precisamente a estos cambios y a nuevas preocupaciones, como el impacto de las finanzas sobre la salud emocional, las dificultades de los jóvenes para adquirir una vivienda y las nuevas formas de construir una vida independiente.
Para Singer, el mensaje de fondo sigue siendo el mismo: tomar mejores decisiones, desarrollar pensamiento crítico y aprender a manejar las finanzas para alcanzar mayores niveles de bienestar, y la manera de comunicarlo se sigue adaptando a las nuevas generaciones.
Uno de los principales retos radica en las enormes diferencias económicas y sociales en México: no existe una sola receta que funcione para todos, menos aún cuando una parte importante de la población apenas cubre sus gastos básicos.
“No podemos hablar de una educación financiera mágica y pedirle a alguien que ahorre 10 por ciento de sus ingresos. La gente se pregunta: ¿cómo voy a separar 10 por ciento de mis ingresos si no llego al final de la quincena? Tenemos que hacer una educación financiera realista”.
La apuesta del museo no es decirle a una persona cuánto debe ahorrar o en qué invertir, sino darle herramientas para que ajuste sus decisiones a su realidad, una idea que, plantea Singer, será aún más importante en el futuro cercano.
El gran cambio: la IA
Entre los retos destaca la inteligencia artificial (IA), que puede convertirse en una fuente de información financiera, aunque no necesariamente en un sustituto del criterio personal.
“Hay que aprender a usar la IA y no tenerle miedo. Para fines de educación financiera, debemos aprender qué tipo de información pedirle, pero no es un asesor financiero.”
Para la directora del Mide, el reto consiste en aprender a utilizar estas herramientas sin abandonar el pensamiento crítico, pues la información que proporciona una IA también debe ser cuestionada, contrastada y entendida antes de convertirse en una decisión.
Considera que el museo no compite con la tecnología porque su propósito es diferente: no necesariamente ofrece respuestas inmediatas a una duda específica, sino que amplía la perspectiva de quien lo visita y ayudarlo a formularse nuevas preguntas. “Espero que el museo esté haciendo eso: abrir el panorama, dar herramientas para analizar la realidad económica y entender cosas específicas”.
Un ejemplo es el interactivo dedicado al presupuesto de México, donde los visitantes pueden construir su propio paquete económico, decidir cómo distribuir los recursos y aprender que una decisión que parece sencilla implica dejar de atender otra necesidad.
Si alguien decide destinar todo el dinero a educación, por ejemplo, el ejercicio obliga al usuario a preguntarse qué pasará con la infraestructura necesaria para trasladar medicamentos, materias primas o productos entre distintas regiones del país, lo que revela la complejidad de tomar decisiones económicas.
La intención es trasladar esa experiencia a la vida cotidiana, entender que los problemas financieros no tienen una sola respuesta y que las decisiones dependen de las circunstancias de cada persona.
Después de dos décadas, el museo conserva una de sus características originales: la posibilidad de tocar, jugar y participar, aunque ahora prefiere definirse como un “espacio participativo”, porque la experiencia no ocurre solamente frente a una pantalla, sino en interacción con otros visitantes y los mediadores.
Hay tres pisos llenos de juegos coloridos, billetes del tamaño de una persona, exposiciones que enseñan a detectar dinero falso y la importancia de cada sector de la economía, entre otros.
En un país de realidades económicas tan distintas como las personas que recorren sus salas, la apuesta sigue siendo no enseñar una fórmula para hacerse rico, sino ofrecer herramientas para entender el mundo financiero y, sobre todo, aprender a tomar mejores decisiones.
Con información de EL INFORMADOR
