México no necesita gastar más: necesita aprender a gastar mejor

Marco Tulio Carrascosa

Hay una pregunta que debería hacerse antes de aprobar cada presupuesto público en México: ¿esto que vamos a gastar realmente le cambia la vida a la gente?

La pregunta parece sencilla. La respuesta, desafortunadamente, no siempre lo es.

Un gobierno puede organizar una gran feria y tener comunidades sin agua. Puede contratar publicidad para presumir resultados mientras una familia espera meses por atención médica. Puede incrementar estructuras administrativas mientras una escuela carece de condiciones adecuadas. Puede llenar una plaza con un espectáculo y dejar otra colonia en la oscuridad.

Entonces el problema deja de ser únicamente cuánto dinero tiene el gobierno. El verdadero problema es qué considera prioritario.

El presupuesto es una declaración de principios

Un presupuesto público no es solamente una hoja de Excel. Es probablemente el documento político más importante de cualquier administración.

Porque gobernar es priorizar.

Y las prioridades de cualquier gobierno —federal, estatal o municipal— deberían comenzar por aquello que sostiene la dignidad humana:

salud, educación, nutrición, agua potable, drenaje, seguridad, alumbrado público, infraestructura y atención eficiente al ciudadano.

Después vendrán los eventos, las celebraciones, la promoción institucional, las ferias y todo aquello que pueda ser complementario.

El problema comienza cuando invertimos ese orden.

No sostengo que toda feria sea innecesaria, que toda campaña de comunicación sea incorrecta o que un gobierno pueda funcionar sin nómina. Sería absurdo afirmarlo.

El cuestionamiento es otro:

¿Es moralmente justificable gastar en lo accesorio cuando todavía no hemos resuelto lo indispensable?

México necesita comenzar a discutir sus presupuestos desde esa perspectiva.

Las cifras cuentan una historia incómoda

Los datos oficiales muestran que el desafío continúa siendo enorme.

De acuerdo con la medición de pobreza multidimensional 2024 del INEGI, 44.5 millones de mexicanos presentaban carencia por acceso a los servicios de salud, equivalente al 34.2% de la población.

Es una cifra que debería cambiar cualquier conversación presupuestaria.

En educación ocurre algo semejante: 24.2 millones de personas se encontraban en rezago educativo en 2024, equivalentes al 18.6% de la población nacional.

Y cuando hablamos de servicios básicos en la vivienda, 14.1% de la población presentaba esta carencia, mientras 14.4% carecía de acceso adecuado a alimentación nutritiva y de calidad.

El agua merece un capítulo aparte.

La ENADID 2023 reportó que solamente 77.8% de las viviendas mexicanas disponía de agua entubada dentro de la vivienda. La desigualdad territorial es todavía más reveladora: en Oaxaca era 38.9%, Guerrero 45.1% y Chiapas apenas 46.6%.

Entonces debemos preguntarnos:

¿qué debería preocuparnos más: cómo se ve un gobierno o cómo vive su pueblo?

La política de la fotografía

Durante décadas hemos confundido gobernar con comunicar que se gobierna.

Construimos una cultura política obsesionada con la fotografía, el espectacular, el evento multitudinario, la publicación en redes sociales y la ceremonia.

Y mientras tanto existe otra realidad.

La del ciudadano que espera.

Espera una consulta médica.

Espera una medicina.

Espera que llegue el agua.

Espera que reparen su calle.

Espera seguridad.

Espera que funcione una luminaria.

Espera horas para realizar un trámite que tecnológicamente podría resolverse en minutos.

Ahí existe una enorme contradicción.

Porque un gobierno no debería medir su éxito por la cantidad de eventos que organiza, sino por la cantidad de problemas que deja de padecer su población.

De la transformación discursiva a la transformación presupuestaria

Cada proceso electoral mexicano trae consigo una nueva palabra.

Cambio.

Renovación.

Transformación.

Modernización.

Bienestar.

Pero ninguna transformación es verdadera hasta que llega al presupuesto.

Si cambia el discurso, pero continúa la misma estructura de gasto, cambió la campaña, no necesariamente cambió el gobierno.

México necesita avanzar hacia algo mucho más profundo: presupuestos públicos basados en prioridades humanas y resultados medibles.

Cada peso debería poder responder tres preguntas:

¿A quién beneficia? ¿Qué problema resuelve? ¿Cómo vamos a medir el resultado?

Si una dependencia no puede responderlas, probablemente necesitamos revisar ese gasto.

Lo que otros países entendieron

No existe un país perfecto y sería incorrecto idealizar modelos extranjeros. Suiza, Japón, Corea del Sur y El Salvador tienen historias, instituciones, tamaños, economías y desafíos completamente diferentes a México.

Pero todos ofrecen lecciones que vale la pena estudiar.

Switzerland ha construido durante décadas una cultura institucional donde la eficiencia administrativa, la infraestructura y la responsabilidad fiscal ocupan un lugar relevante.

Japan entendió que educación, infraestructura, productividad, tecnología y disciplina institucional podían transformar una nación devastada por la guerra en una de las economías más importantes del planeta.

South Korea pasó en pocas generaciones de enormes dificultades económicas a convertirse en potencia industrial y tecnológica. Educación, infraestructura, industria, innovación y una visión nacional de largo plazo desempeñaron papeles fundamentales.

Y El Salvador ha colocado en años recientes temas como seguridad, infraestructura y modernización del Estado en el centro de su narrativa gubernamental. Su modelo también genera debates y cuestionamientos que deben analizarse, pero precisamente por ello resulta interesante estudiar qué políticas han producido resultados y cuáles pueden o no trasladarse a otras realidades.

México no necesita copiar países.

Necesita aprender de ellos.

Del gobierno grande al gobierno útil

Durante demasiado tiempo hemos discutido si necesitamos gobiernos de izquierda o de derecha, conservadores o progresistas.

Quizá deberíamos comenzar por exigir algo más elemental:

gobiernos eficientes.

No importa qué ideología tenga un alcalde si su ciudad permanece sin agua.

No importa el partido de un gobernador si los hospitales no funcionan adecuadamente.

No importa cuántos seguidores tenga un funcionario si el ciudadano continúa perdiendo una mañana completa realizando un trámite.

Y tampoco importa cuánto dinero administre un gobierno federal si ese presupuesto no logra traducirse suficientemente en calidad de vida.

La administración pública del futuro deberá ser digital, austera en aquello que no genera valor y extraordinariamente eficiente en aquello que sí lo genera.

Menos ventanillas.

Menos burocracia innecesaria.

Menos duplicidad administrativa.

Más hospitales funcionando.

Más escuelas de calidad.

Más infraestructura hídrica.

Más seguridad.

Más tecnología.

Más atención ciudadana.

Primero lo indispensable

Imagine por un momento una regla presupuestaria sencilla.

Antes de gastar cantidades importantes en eventos, promoción gubernamental o proyectos no prioritarios, cada administración tendría que acreditar determinados estándares mínimos de agua, salud, seguridad, educación, alumbrado e infraestructura.

La lógica sería elemental:

primero resolvemos lo indispensable; después financiamos lo complementario.

Una familia responsable lo entiende perfectamente.

Si en una casa falta comida, difícilmente tendría sentido gastar primero en decoración para aparentar prosperidad.

¿Por qué debería ser diferente cuando administramos el dinero de millones de personas?

¿Hasta cuándo?

México posee territorio, recursos naturales, talento, capacidad empresarial, ubicación geográfica y una población extraordinariamente trabajadora.

Por eso resulta todavía más frustrante observar necesidades elementales que continúan pendientes.

La pregunta ya no debería ser solamente cuánto dinero necesita México.

La pregunta correcta es:

¿qué estamos haciendo con el dinero que México ya tiene?

Porque el presupuesto público proviene del esfuerzo de millones de ciudadanos.

Del empresario que paga impuestos.

Del trabajador.

Del comerciante.

Del profesionista.

De quien consume.

De quien produce.

Por eso el dinero público no pertenece al gobernante.

El gobernante solamente lo administra.

Y administrar dinero ajeno constituye una de las responsabilidades éticas más grandes que puede asumir una persona.

México no necesita gobiernos que gasten para parecer exitosos.

Necesita gobiernos que administren para que la gente pueda vivir mejor.

Cuando un niño tenga una escuela digna; cuando una madre encuentre medicamentos; cuando una comunidad abra la llave y encuentre agua; cuando una calle esté iluminada; cuando el ciudadano pueda realizar desde su teléfono un trámite que antes consumía un día entero, entonces podremos hablar seriamente de transformación.

Hasta entonces, tendremos que seguir haciendo la pregunta incómoda:

¿qué espera México para cambiar?

Quizá la verdadera transformación comience el día en que entendamos que gobernar no es gastar más. Gobernar es saber qué debe resolverse primero.

Continuará… ✒️

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