La literatura del desplazamiento: las bestias nocturnas de Guillermo Arriaga

Los siguientes libros del escritor Guillermo Arriaga (Ciudad de México, 1958) narran intensos viajes por la condición humana. Cuentan cómo sus protagonistas se desplazan respecto de su posición inicial. Por un lado, El salvaje habla de un ascenso, mientras El búfalo de la noche, de un descenso. Ambos relatos contrastan de manera diametralmente opuesta, porque, mientras Juan Guillermo (protagonista de El salvaje) logra conquistar su territorio interior, Manuel (personaje central de El búfalo de la noche) cae en la locura.

¿Cuánto dolor puede soportar un muchachito cuyos familiares, de la noche a la mañana, se transforman en espectros? Ese es el punto de partida para Juan Guillermo en El salvaje, cuya infancia, ya marcada por la dureza de la colonia Modelo de la alcaldía Iztapalapa, se torna peor cuando recibe la noticia de que sus padres y después su hermano mueren, dejándolo solo contra del mundo. Su motivación para volver a retomar el control de su vida se ve marcada por una obligada evolución que tiende al dominio de sus pulsiones más salvajes.

Casi como si se tratara de otra novela, aparece una historia paralela que rasga las páginas, la de Amaruc, un cazador inuit que se empeña en perseguir y dominar a Nujuantutuc, el lobo alfa de las montañas en las que habita.

El reto más grande de Juan Guillermo es tratar de no perder la cabeza ante el vacío que le dejan todas las ausencias, en especial la de Carlos, su hermano, quien en vida fue su héroe, pero la cruda cara B es que sus actos criminales pusieron a ambos en riesgo mortal.

Luego de este primer claroscuro que la novela presenta, aparece una congregación religiosa de extrema derecha que coexiste en el microuniverso de la unidad Modelo, sumando un obstáculo más en el ascenso de Juan Guillermo. A lo largo de todo el libro, el protagonista se plantea como un personaje que comienza en el subsuelo, anímica, moral y circunstancialmente hablando, pero las experiencias aprendidas lo conducen a retomar valores correctos. Entre sus logros se encuentra haber podido dominar esa fuerza primitiva que lo poseía, cuya manifestación canalizaba en violencia. Nunca será un malvado, y ahí es donde le gana a todos.

Lo anterior contrasta con Manuel, protagonista de El búfalo de la noche, un muchacho de clase media que no se preocupa por asegurarse el pan de cada día. De buenas a primeras, se le describe como un chico algo tosco, con una faceta sensible. Sin embargo, esa apariencia terminan por derrumbarse cuando se devela su verdadera faceta de violencia encarnada.

Manuel, desde antes del detonante de la novela (la muerte de Gregorio, su mejor amigo), se revela como un personaje problemático, arisco en el uno a uno; en su narrativa interna en primera persona, a la cual tiene acceso el lector, se justifica constantemente.

Sus actos barbáricos incluyen liarse a golpes con desconocidos para sentir el placer del impacto en su cuerpo. En la noción de cotidianidad de Manuel está su relación a escondidas y problemática no sólo con Tania, la novia de Gregorio, sino con varias compañeras cercanas. El torbellino emocional que lo habita se acentúa con la muerte de su amigo. Se desatan pensamientos intrusivos, dudas existenciales que no estaba acostumbrado a plantearse, y más impulsividad.

El hilo de la novela es la descomposición, y es aquí donde es posible realizar un paralelismo (inverso) entre una y otra historias. Tanto Juan Guillermo como Manuel recibieron un impacto emocional fuerte, y la pregunta inmediata que viene a la mente es, ¿por qué Manuel, teniendo más recursos económicos, judiciales (por las influencias de su madre), incluso emocionales (el terapeuta que se le costeaba) se hundió en la degradación, mientras Juan tendió al ascenso? Manuel nunca pudo recomponerse de sus destrozos que gozaban de patrocinio, mientras Juan Guillermo consigue su final feliz.

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