Historias de reportero

Ansias de grandeza

Carlos Loret de Mola

Hegel afirmó que todos los grandes hechos y personajes aparecen dos veces en la historia. Karl Marx estuvo de acuerdo, pero agregó que una es como tragedia y la segunda como comedia.
La nostalgia por gestas y personajes del pasado lleva a algunos actores de la escena política mexicana actual a tomar actitudes y soltar declaraciones que parecen confirmarlo.
En la izquierda abundan posturas que revelan una especie de nostalgia por la represión, en las cuales asuntos que nada tienen que ver se equiparan de manera forzada a las penurias de figuras heroicas que se opusieron a dictaduras como la de Pinochet o a regímenes autoritarios y criminales como el de Díaz Ordaz.
Por eso podemos ver a unos legisladores sesentones, panzones, muchos de ellos con dos décadas de vivir como marqueses a costa del erario, como parte de una élite política privilegiada, coreando “el pueblo unido, jamás será vencido” disfrazados de electricistas, entonando en el recinto de San Lázaro el himno de la Internacional Socialista, conmovidos hasta las lágrimas, o la allendista “Venceremos” y hablando de la dignidad de los oprimidos.
O escuchar al personaje que ha tenido en los últimos años más promocionales, miles de ellos, en televisión nacional (amparado por la ley electoral) y a sus seguidores denunciando un inexistente “cerco informativo impuesto por la mafia en el poder”. O bien oír consignas alusivas a “la dignidad de nuestros 40 mil muertos” en relación con la violencia del narcotráfico, que muy poco tiene que ver con las historias de represión, desaparición y asesinato de un régimen dictatorial a sus opositores, cosa que no les impide elaborar pancartas que describen a Calderón como “genocida” y publicar análisis equiparándolo con Díaz Ordaz.
También podemos ver a un líder sindical cuyas huestes golpean gente y realizan destrozos con la complacencia del gobierno de la ciudad cada vez que organizan una manifestación afirmar que son reprimidos, participar en una marcha por la paz y anunciar una resistencia civil pacífica como la que Gandhi empleó en su lucha contra el colonialismo británico.
En la derecha ya tuvimos un presidente al que sus cercanos sin empacho comparaban con Nelson Mandela, como si la lucha antiapartheid tuviera algún paralelismo con la victoria electoral sobre el PRI y como si venir de cuatro años de gobernar Guanajuato fuera igual que venir de 27 años en una prisión sudafricana.
Como con ganas de no quedarse atrás, Calderón ha decidido tirarle a la grande al equiparar su lucha y la incomprensión de sus gobernados con lo que tuvo que enfrentar nada menos que sir Winston Churchill frente al avance del Tercer Reich de Hitler en la Segunda Guerra Mundial.
Seguramente los discursos del presidente no lo harán merecedor del Premio Nobel de Literatura, como sí ocurrió con el hombre que acuñó el término Cortina de Hierro.
Lo cierto es que en este escenario de nostalgias, pese a sus deseos, ni Calderón es Churchill ni López Obrador es Juárez. Y, por fortuna, pese a los excesos de sus respectivos rivales, tampoco son, ninguno de los dos, ni Mussolini ni Hitler.

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