Augusto Solórzano López /ASICh
Se trata de un grupo de diez jóvenes mujeres indígenas de Chilón que han vencido sus miedos y sus temores desde hace dos años; hoy son productoras de tomate y su meta es ser autosuficientes. Llevan dos cosechas y van por la tercera con resultados bastante buenos.
Todas son muchachas. La menor tiene 17 años y la mayor 26. Todas con pareja y de hijos la que menos tiene amamanta a Luis Miguel, un niño de siete meses que no para de comer y que la mamá sin rubor descubre su pecho izquierdo para satisfacer al “artista” de la casa. Se ríen.
Contentas porque van muy bien con su proyecto de siembra y cosecha de tomate, posan para la foto, piden ver la toma y luego platican con este servidor. María del Carmen Gómez Lara, es la líder, resalta en la gráfica, la que más habla, de mayor edad y la más guapa.
Carmen dice: Somos de la comunidad de Bahteibiltic, Municipio de Chilón (ella misma escribe en mi libreta con bonita letra), hablamos tzeltal y trabajamos al parejo con nuestros hombres y vamos a salir adelante.
¿Desde cuándo están produciendo tomate formalmente? Estamos por cumplir dos años. ¿Su primer apoyo departe de la Comisión de Pueblos Indígenas, CDI, de cuanto fue? Fue “un poquito más” de 138 mil pesos.
¿Qué hicieron con ese dinero? Todo lo invertimos en la construcción de un invernadero, luego la preparación de la tierra, fertilizantes, semillas y cuidado de mil plantitas en un “túnel” de 22.5 metros de largo.
El resultado del esfuerzo, dedicación y trabajo de estas mujeres, fue en su primer cosecha de una tonelada que ellas entienden mejor como 112 rejas, que se incrementaron en la segunda cosecha y en este momento van por la tercera. Cada vez nos va mejor. Coinciden.
Una vez logradas sus instalaciones con el apoyo de la CDI, la inversión para lograr más de una tonelada de tomate cada 6 meses, un promedio de tres toneladas por año, es de 12 mil pesos en general y sus ganancias son del orden de los 60 mil pesos anuales que se reparten entre diez.
La tarea es complementaria con otras actividades que tienen, más el apoyo que le brindan al respectivo marido. El negocio no va mal. Su proyecto es ampliarse: “Tenemos terreno y vamos a construir otros invernaderos, para vivir de ellos y para que comamos”.
La inquietud se justifica cuando el Delegado en Chiapas de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, CDI, Javier Zepeda Constantino, ha dicho: “Nuestro trabajo es absolutamente institucional y no distingue ninguno de los tres niveles de gobierno al igual que la política o la religión”.
Y remata: “La tarea es complementaria hacia los pueblos y comunidades pensando en que la marginación entre la población indígena (la mujer) es todavía más dramática”. ASICh
