En la Mira /Héctor Estrada /“Siembran” a Patishtán; símbolo de resistencia contra el poder

Luego de varios años de luchar contra una enfermedad, Alberto Patishtán Gómez, el profesor que se convirtió en estandarte contra la fabricación de delitos y las detenciones arbitrarias contra activistas indígenas en Chiapas tras el levantamiento armado de los años noventa, falleció el pasado viernes en la Ciudad de México para luego ser trasladado a Chiapas y ser “sembrado” en su entrañable “El Bosque”.
Patishtán se convirtió, con el paso de los años, en uno de los rostros más conocidos de aquello que organizaciones defensoras de derechos humanos han denominado como “fabricación de culpables”. Fue caso emblemático para muchos indígenas procesados y condenados mediante testimonios cuestionables, sin intérpretes adecuados y, en muchos casos, sin una defensa que garantizara plenamente sus derechos.
Su lucha terminó convirtiéndose en un símbolo. No solamente por los años que pasó en prisión, sino porque nunca dejó de sostener que había sido encarcelado por denunciar abusos y defender a su comunidad. Y es que, al final, “Alberto Patishtán fue una persona que se preocupaba por el bien común, por el bien de la sociedad y ese fue el delito más grave que cometió. Por eso lo encerraron”, resumió uno de sus amigos durante el sepelio.
En el año 2000, durante el gobierno de Roberto Albores Guillén, y apenas unos meses antes de las elecciones presidenciales que terminarían con siete décadas de gobiernos priistas en la Presidencia de México, Patishtán fue acusado de participar en una emboscada en la que murieron siete policías estatales. Una acusación cambió su vida para siempre.
Quienes participaron posteriormente en su defensa sostuvieron que el profesor fue señalado después de denunciar presuntos abusos y actos de corrupción en su municipio. Había acudido a Tuxtla Gutiérrez acompañado por indígenas de El Bosque para presentar documentos relacionados con irregularidades en el ayuntamiento. Y es que, Patishtán se había convertido en un incómodo liderazgo destacado dentro de la zona.
Tras ser detenido, primero fue retenido en un hotel de la capital chiapaneca y luego trasladado al penal de Cerro Hueco, donde comenzó un encierro que habría de prolongarse durante 13 años. Así, desde los primeros días de prisión, el profesor entendió que su batalla ya no sería únicamente por su propia libertad, por lo que fue precisamente desde adentro de la cárcel donde su voz comenzó a multiplicarse.
En prisión fundó “La Voz de El Amate”, una organización de presos que denunció presuntas torturas y procesos irregulares contra indígenas. Organizó también una huelga de hambre que se prolongó durante 41 días para exigir la revisión de los casos de varios internos. El mensaje era claro: su propia historia podía ser solamente parte de un problema mucho más grande. Mientras tanto, afuera, la presión crecía.
El 19 de abril de 2013, el día en que cumplía 42 años, miles de indígenas convocados por el Pueblo Creyente de la Diócesis de San Cristóbal marcharon en Tuxtla Gutiérrez para exigir su libertad. A ellos se sumaron integrantes del magisterio chiapaneco dentro de un movimiento de presión social para buscar justicia a un caso que había dejado de ser un asunto local para llegar a la agenda nacional.
De esta forma, finalmente, el entonces presidente Enrique Peña Nieto concedió el indulto y Patishtán recuperó su libertad. Pero había una condición legal que nunca dejó de perseguirlo. Salió de prisión sin que judicialmente se reconociera su inocencia respecto del delito por el que había sido condenado. Es decir, libre, pero sin esa reparación completa que muchos esperaban.
Cualquiera habría entendido que después de 13 años en prisión alguien quisiera alejarse de los reflectores. Sin embargo, Patishtán hizo lo contrario. Continuó denunciando abusos contra indígenas privados de la libertad. Y como muestra de ello, en 2019 volvió a aparecer públicamente para levantar la voz por indígenas presos que se encontraban en huelga de hambre por agresiones dentro de los penales chiapanecos.
Por eso su muerte no solamente obliga a recordar a un hombre. Obliga a recordar un expediente, un turbio sistema penitenciario que aún persiste, una de las peores épocas políticas y, sobre todo, una pregunta que permanece vigente: ¿cuántas historias similares nunca alcanzaron o han alcanzado la atención nacional que tuvo el caso Patishtán?
Y es que, Patishtán no fue solamente el hombre que pasó 13 años en una prisión chiapaneca, ni tampoco el indígena que consiguió recuperar su libertad después de una larga batalla jurídica y social. Fue el profesor que convirtió su propio encarcelamiento en una plataforma para denunciar otros casos, como una discusión incómoda sobre justicia, derechos humanos y debido proceso.
Así, al final, la vida y muerte del profesor indígena se resume en la frase enunciada por Migel Zenon, uno de los activistas que acompañaron la campaña por su liberación, quien el mismo día del sepelio aseguró: “Hoy no vamos a enterrar al Tatik, lo vamos a sembrar, para que su semilla germine en justicia, en dignidad y en libertad” … así las cosas.
Contacto: hectorestradaenlamira@gmail.com

¡Comparte la nota!