En medio de una disputa electorera en la que los advenedizos nuevamente buscan hacerse de las principales candidaturas de Morena en Chiapas, algunos de los militantes fundadores han decidido comenzar a alzar la mano para recuperar espacios electorales rumbo a los comicios intermedios del próximo año. Y una de esas figuras es la actual secretaria de Comunicación, Difusión y Propaganda del partido, Bárbara Mañón Campos.
Pero la aparición de Mañón en la disputa por las candidaturas no es cualquier asunto. Más allá del grupo político al que se le atribuyen vínculos, Bárbara representa una corriente ideológica que parece haber estado desdibujada durante los últimos años dentro de las principales candidaturas de Morena en Chiapas: la del obradorismo de izquierda.
La carrera política de Bárbara comenzó en el PRD, por lo que pronto se integró al proyecto de López Obrador. Desde la Ciudad de México se sumó a sus primeras estructuras de brigadeo para la creación de Morena y trabajó para el nuevo partido durante su primera participación en las elecciones de 2015. Poco después, terminó integrada a la administración de Claudia Sheinbaum durante su gestión como delegada de Tlalpan.
Antes de 2018 regresó a Chiapas para sumarse al fortalecimiento de las estructuras morenistas en la entidad rumbo a la elección presidencial, alineándose con proyectos políticos específicos como el de Zoé Robledo. Tras el triunfo de López Obrador y Rutilio Escandón en Chiapas, Bárbara llegó al Congreso estatal como diputada local suplente, luego de que la diputada propietaria solicitara licencia al cargo. Pero las cosas comenzaron a complicarse para ella.
Como una pieza ajena a las imposiciones locales e independiente del grupo político que heredó el gobierno de Chiapas, Mañón comenzó a tener serios desencuentros con la administración de Escandón Cadenas. Desde la Comisión de Vigilancia se opuso abiertamente a aprobar la última cuenta pública de Manuel Velasco y a pasar sin ninguna evaluación al Auditor Superior del Estado impuesto por Rutilio.
Y desde entonces, el aparato de gobierno local, mediante la figura del entonces secretario general de Gobierno, Ismael Brito Mazariegos, habría cobrado revancha. Según versiones de pasillo, en ese entonces Brito Mazariegos habría orquestado, con apoyos gubernamentales adicionales, el retorno de la diputada propietaria para sacar a Mañón del Congreso del Estado y bloquearla de cualquier espacio de poder dentro de la entidad.
Al final, el idealismo de Mañón y su distancia con el control político aldeano le cobraron factura. Así, a la obradorista no le quedó de otra que navegar en silencio dentro del mismo partido que había ayudado a fundar, como secretaria de Comunicación, Difusión y Propaganda. Sin mayor juego político que el que le permitían sus enlaces nacionales, se preparó para la organización de la elección de 2024. Y así sucedió.
En 2024, se convirtió en promotora del voto para Morena en Chiapas. Como era de esperarse, trabajó como coordinadora de estructuras para Sheinbaum y comenzó a recobrar, poco a poco, el reflector que durante el gobierno de Rutilio le habían restringido.
Y es que, en honor a la verdad, debe reconocerse que Bárbara es de las pocas figuras en la entidad que sí representa al morenismo y al obradorismo fundacional. No son gratuitas sus posiciones dentro del partido, como elemento de enlace con algunos actores próximos a la presidenta. Además de su conocida cercanía con Zoé Robledo, y con diversas militancias de su misma generación, ligadas a las izquierdas que aún viven en las bases del partido.
Por eso, no suena tan mal que figuras como Mañón, respaldada por organizaciones como la Unidad de las Izquierdas, aparezcan como una posibilidad para que las bases fundacionales de Morena recuperen espacios electorales importantes dentro del partido.
Candidaturas que, si bien seguramente serán repartidas entre políticos de ocasión e impuestos, también deberían ser para cuotas de representación ideológica que mantengan cierta credibilidad en los principios partidistas. Porque si Morena pretende seguir llamándose un movimiento de izquierda, tampoco estaría de más que quienes ayudaron a construirlo desde sus orígenes tengan, al menos, un lugar en la mesa donde se toman las decisiones… así las cosas.
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