Será en las próximas semanas cuando el Comité Ejecutivo Central electo del Sindicato de Trabajadores al Servicio del Gobierno del Estado de Chiapas (STSGECH) finalmente formalice su llegada al frente de la principal organización burocrática en el estado. Y aunque pudiera parecer un simple acto protocolario, en realidad representa mucho más para la base trabajadora al servicio de los tres poderes en la entidad.
Se trata del cierre de un capítulo de casi diez meses de incertidumbre y, al mismo tiempo, el inicio de una nueva etapa para miles de trabajadores de base que durante todo este tiempo vieron prácticamente paralizados distintos procesos internos. Seguros de vida, pagos de marcha, mesas de negociación relacionadas con los contratos colectivos de trabajo y otros asuntos quedaron atrapados en una especie de limbo administrativo mientras el sindicato permanecía acéfalo.
La elección del pasado 28 de julio terminó por despejar cualquier duda sobre la voluntad de la base trabajadora. Más de mil 370 trabajadores acudieron a las urnas, significando una participación, incluso, superior a la registrada durante el anterior proceso válido de renovación de la dirigencia. Las imágenes, mostradas por medios de comunicación, sobre la afluencia de votantes fueron contundentes; la base se expresó más allá de las voces que intentaron desacreditar el proceso.
Y es que, mientras hay quienes han intentado engañar a determinados sectores con litigios que honestamente no tienen viabilidad jurídica y no tardan en ser desestimados por la autoridad judicial. La base trabajadora ha dado su última palabra, expresando la urgente necesidad de tener una dirigencia legítima que finalmente destrabe el funcionamiento de un sindicato que ha tratado de ser paralizado por ambiciones oscuras -estrictamente personales- que podrían “llevarse entre los pies” a más de uno.
Pero, la legitimidad de una dirigencia sindical no solamente se construye con votos. También se construye con reconocimiento institucional. Y ahí está quizá una de las señales políticas más importantes dentro de todo este complejo proceso reciente.
Durante el tradicional Día del Burócrata, la presencia de la secretaria general de Gobierno y Mediación, Dulce Rodríguez Ovando, en representación del gobernador, en el evento organizado por el Comité Ejecutivo Central electo, terminó convirtiéndose en un hecho simbólico con una lectura política evidente: el nuevo liderazgo sindical está siendo reconocido como interlocutor legítimo.
Porque, aunque hay quienes todavía quieran engañar a incautos, lo cierto es que la secretaria general de Gobierno y Mediación no se manda sola, por lo que su presencia fue resultado de una evidente indicación directa del gobernador para establecer vínculos con el nuevo comité electo. Cosa que claramente no es asunto menor.
Porque después de meses de desencuentros, procedimientos legales y un proceso electoral que llegó a estar bajo la lupa, la señal enviada desde el Gobierno de Chiapas parece bastante clara: no habrá intervención para impedir la renovación sindical, pero tampoco obstáculos para que la nueva dirigencia asuma sus responsabilidades. Y eso, hay que decirlo, habla bien del gobierno. Habla bien de su relación con la propia base trabajadora y, sobre todo, de la decisión de mantener una distancia institucional frente a la vida interna de la organización sindical.
Porque si algo necesita el sindicalismo chiapaneco es precisamente autonomía. Autonomía frente al gobierno, pero también frente a intereses personales, grupos de poder y disputas que terminan utilizando a los trabajadores como moneda de cambio. Por eso, también debe reconocerse el papel de las autoridades judiciales que, hasta ahora, no han impedido la conclusión de un proceso que finalmente permitirá devolverle vida institucional a un sindicato que tanto necesita reactivar su operatividad e interlocución.
Es verdad, la llegada de una nueva dirigencia no resolverá de golpe los pendientes acumulados durante casi un año de acefalía y varios años más de letargo en la dirigencia pasada. Pero al menos ya existe una ruta, y eso cambia completamente el escenario. Ahora viene la parte verdaderamente complicada, demostrar que el voto de los trabajadores no solamente sirvió para cambiar nombres en una estructura sindical, sino para recuperar la capacidad de gestión, defensa y negociación que durante mucho tiempo ha estado ausente… así las cosas.
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