Carlos Hiram Culebro
Mencionar el funcionamiento de un consultorio psicológico implica entrar a un terreno profundamente humano. En lo sucesivo se mencionará al psicólogo y no a la psicóloga debido a que, de la primera manera, se abarca tanto a hombres como mujeres.
Para desarrollar el tema se explicará cómo deben funcionar esos establecimientos y lo que sucede fuera del mismo.
Sin duda, mantener un consultorio de este tipo exige preparación académica, responsabilidad legal y capacidad empresarial.
Muchos estudiantes llegan a la carrera con un interés genuino por comprender la mente humana, pero no todos, también hay en quienes su interés primordial -sin que se percaten de ello- es resolver su propia conflictiva personal. Esto último se soluciona parcialmente cuando los aspirantes son sometidos a un examen de admisión.
En México la psicología ha crecido de manera explosiva durante las últimas décadas. Cada año egresan miles de psicólogos de universidades públicas y privadas, en donde predominan las personas del sexo femenino, pero no todas esas instituciones son lo suficientemente confiables como quisiéramos.
Un terapeuta mal preparado en “escuelas patito” puede causar daños considerables como son interpretaciones erróneas, manejo inadecuado de crisis de todo tipo o intervenciones irresponsable, que afectan la vida de los pacientes.
En la parte inicial del tratamiento el profesionista debe evitar prometer soluciones absolutas. La salud mental es compleja y ningún enfoque terapéutico posee respuestas mágicas; además, considerar que, en varias ocasiones, el consultorio se convierte en el único espacio donde una persona puede hablar sin ser juzgada.
Cabe también recordar que quienes acuden a consulta generalmente son personas con miedo, tristeza, crisis familiares, pensamientos suicidas, dependencia emocional o problemas de adicción, entre otras circunstancias negativas. Por ello, la relación terapéutica exige confidencialidad, así como límites claros. Cuando este principio se rompe, el daño puede ser considerable, como se explica a continuación.
Quien acude a un consultorio psicológico debe tener la certeza de que sus experiencias personales serán manejadas con discreción, sin embargo, la era digital ha introducido nuevos riesgos. Mensajes por aplicaciones móviles y almacenamiento electrónico de expedientes generan desafíos porque más de una persona puede tener acceso a la información almacenada de esa manera.
Por otra parte, el psicólogo debe ser prudente frente al diagnóstico. En este punto, el uso de pruebas psicológicas juega un papel importante, pero no todas son del todo confiables, como es lo deseable; además, en ningún momento, el terapeuta se debe asumirse como salvador, gurú o figura infalible. Su tarea consiste en acompañar procesos, no en controlar vidas.
Tampoco debe imponer ideologías religiosas, políticas, morales o de cualquier otro tipo, su función no es moldear personas según las creencias del profesionista, sino acompañarlas en procesos de comprensión y crecimiento personal.
Tampoco debe establecer relaciones sentimentales o económicas con sus pacientes. La cercanía terapéutica puede generar vínculos intensos; por ello, mantener límites claros protege a ambas partes.
El terapeuta tampoco debe manipular emocionalmente a quien atiende ni prolongar el tratamiento sin objetivos claros, que es evidente en aquella corriente terapéutica en que los pacientes pasan años en tratamiento sin avances visibles, atrapados en una relación terapéutica donde el profesional evita cerrar procesos.
El psicólogo escucha emociones desagradables y esa exposición puede generar desgaste emocional. En esas condiciones corre riesgo de cometer errores clínicos. Por ello, la supervisión terapéutica resulta fundamental.
En suma, se necesitan psicólogos preparados, honestos y críticos, capaces de escuchar sin manipular, orientar sin imponer y acompañar sin explotar emocionalmente a quienes buscan ayuda.
Sin embargo, en las últimas décadas la salud mental ha experimentado una creciente medicalización. Tristeza, estrés, duelo o dificultades cotidianas son interpretados como trastornos clínicos que requieren tratamiento inmediato.
Además, la psicología enfrenta cuestionamientos sobre prácticas poco serias, terapeutas improvisados, uso excesivo de diagnósticos, mercantilización del bienestar emocional y banalización de conceptos psicológicos en redes sociales. La salud mental, que debe ser tratada con responsabilidad y sensibilidad, se convierte en producto de consumo mediante cursos de autoestima, así como terapias en algunos chats como el GPT. También es frecuente encontrar publicidad que promete “sanar en pocas sesiones”, “eliminar ansiedad en días” o “transformar tu vida rápidamente”. Tales mensajes permiten dudar de su efectividad.
EL psicólogo no sólo debe dominar técnicas terapéuticas, también se requiere conciencia social. Esto significa que una práctica psicológica verdaderamente profesional debe considerar las condiciones económicas y familiares de cada paciente.
Lo anterior no significa negar el derecho legítimo del psicólogo a recibir una remuneración digna por su trabajo. El problema surge cuando el interés económico desplaza la responsabilidad ética y transforma al paciente en cliente cautivo. La línea entre vocación y negocio es muy delgada.
En cuanto a las condiciones salariales de este profesionista cabe mencionar que muchos de ellos ejercen su labor en condiciones difíciles. En hospitales públicos, escuelas, centros comunitarios o instituciones de rehabilitación suelen enfrentar bajos salarios, exceso de trabajo y escasos recursos. A pesar de ello, continúan brindando atención porque entienden la importancia de la salud mental.
Por otra parte, la colaboración entre psicólogos y psiquiatras es positiva y necesaria en numerosos casos. Existen pacientes cuya condición requiere intervención multidisciplinaria y uso adecuado de medicamentos. El problema surge cuando la industria farmacéutica y ciertos enfoques clínicos convierten el malestar humano en diagnóstico permanente. En otras palabras, vivimos en una época donde emociones normales son patologizadas.
Por otra parte, individuos con poco conocimiento de la profesión tienen la idea de que el psicólogo es emocionalmente invulnerable. En realidad, también enfrenta conflictos personales y necesita espacios de apoyo. En esas condiciones, reconocer sus limitaciones no lo debilita, al contrario, fortalece su práctica profesional.
En México, la atención psicológica pública sigue siendo insuficiente. Hospitales saturados, escasez de especialistas y falta de programas preventivos muestran que la salud mental continúa relegada dentro de las políticas públicas.
Frente a esta realidad, la psicología enfrenta un reto histórico: evitar convertirse únicamente en servicio para sectores privilegiados. La salud mental debe entenderse como necesidad humana y derecho social. Por lo mismo, es deseable que el psicólogo también trabaje de manera voluntaria en proyectos comunitarios.
La verdadera vocación del psicólogo quizá consista precisamente en mantener la dignidad humana por encima del lucro. Ese equilibrio nunca será sencillo, pero de él depende buena parte de la credibilidad y el futuro de la profesión en el área de la terapia.(*) Fundador de la Asociación chiapaneca de profesionales para la salud mental AC
