El bullying no es cosa de niños: México necesita despertar

Marco Tulio Carrascosa

Hay problemas que una sociedad puede ignorar durante años, hasta que un día descubre que el silencio también mata.

El bullying —o acoso escolar— es uno de ellos.

No estamos hablando simplemente de “niños que se llevan pesado”, de apodos, bromas o conflictos normales entre compañeros. Hablamos de violencia que puede convertirse en humillación sistemática, aislamiento, amenazas, agresiones físicas y violencia digital. Y cuando un niño comienza a tener miedo de entrar a su escuela, algo profundamente grave está ocurriendo.

En México, la propia autoridad educativa ha reconocido la dimensión del problema: en secundaria, 28.3% de los estudiantes ha sido víctima de acoso escolar ocasional o frecuente.

Eso significa que no estamos frente a casos aislados. Estamos frente a un fenómeno que alcanza a cientos de miles de estudiantes.

Y hay otra dimensión todavía más preocupante: el bullying ya no termina cuando suena la campana de salida.

El teléfono celular convirtió el patio de la escuela en un escenario permanente. Una fotografía humillante, un video, un grupo de WhatsApp o una publicación pueden prolongar el acoso durante las 24 horas del día.

Otros países entendieron algo que México todavía parece estar aprendiendo

Finlandia ofrece una lección particularmente importante.

El programa KiVa, desarrollado para combatir el bullying, no se limita a castigar al agresor después de que ocurre una tragedia. Trabaja antes, durante y después del problema: prevención, formación de estudiantes, intervención ante casos concretos y seguimiento.

La enseñanza es contundente:

Prevenir funciona. Intervenir funciona. Educar funciona. Organizarse funciona.

Entonces, ¿qué estamos haciendo en México?

Aquí aparece una de nuestras grandes debilidades: la falta de un activismo social suficientemente fuerte, permanente y coordinado alrededor de la violencia escolar.

Tenemos organizaciones, especialistas, instituciones educativas y esfuerzos gubernamentales. Pero todavía falta convertir el bullying en una causa nacional.

Falta que los padres levanten la voz.

Falta que los maestros tengan herramientas y respaldo.

Falta que las escuelas cuenten con protocolos que no sean solamente documentos guardados en un escritorio.

Falta que los estudiantes sepan que denunciar no es “chismear”.

Y falta algo fundamental: que dejemos de responsabilizar exclusivamente a la víctima.

Porque cuando un niño es golpeado, humillado o aislado y los adultos responden con un “así son los niños”, el mensaje que recibe es devastador:

“Tienes que aprender a soportarlo.”

No.

Los niños no tienen que aprender a soportar la violencia.

Los adultos tenemos que aprender a detenerla.

El costo de mirar hacia otro lado

No sería responsable afirmar que existe una cifra oficial de suicidios causados exclusivamente por bullying. La realidad es mucho más compleja: el suicidio es un fenómeno multifactorial y requiere un análisis individual de cada caso.

Pero tampoco podemos ignorar la dimensión de la salud mental.

El suicidio entre adolescentes representa una problemática que debe preocuparnos y obligarnos a actuar.

No significa que todos esos casos hayan sido provocados por acoso escolar.

Significa algo distinto y mucho más importante:

tenemos que tomarnos en serio cualquier factor que pueda deteriorar la salud emocional de nuestros adolescentes.

Y el bullying es uno de ellos.

México necesita una nueva conversación

La lucha contra el bullying no puede convertirse en una campaña de una semana, un hashtag o un comunicado después de que ocurre una tragedia.

Necesitamos prevención permanente.

Programas escolares.

Capacitación docente.

Participación de padres de familia.

Protocolos claros.

Atención psicológica.

Educación socioemocional.

Mecanismos seguros de denuncia.

Seguimiento de los casos.

Y, sobre todo, una cultura donde agredir al más vulnerable deje de ser visto como entretenimiento.

México tiene que entender que defender a la niñez no significa únicamente construir escuelas.

Significa construir escuelas donde ningún niño tenga miedo de entrar.

Porque detrás de cada cifra hay un rostro.

Detrás de cada caso hay una familia.

Y detrás de cada niño que guarda silencio puede existir una historia que todavía estamos a tiempo de cambiar.

El bullying no es cosa de niños.

Es responsabilidad de todos.

Y quizá ha llegado el momento de que México deje de reaccionar después de la tragedia y empiece a actuar antes de ella.

Continuará…✒️

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