Enrique Alfaro
Como también las acciones oficiales del reino de Dios sufren reacomodos en el mundo se le ocurrió a la iglesia católica modificar el calendario litúrgico, hecho del que resulto seriamente damnificado. Resulta que como dice el acta de nacimiento, nací “vivo” un día 15 de julio por lo que mis padres acudieron ceremoniosamente al calendario Galván para acomodarme mi primer nombre que resultó del santo “Enrique Emperador” ¡A toda madre! Enrique Alberto dijo mi madre… ¡Más mejor!
Así crecí bajo la sombra protectora de mi santo auténtico (mi santo verdadero diría un zapatista) hasta que en un oscuro rincón de El Vaticano el destino me atropelló. La rancia burocracia religiosa convino modificar el orden del coro santoral para su celebración. Y como Enrique Emperador había fallecido un 13 de julio determinó que fuera el mismísimo día de su extinción que se le festejara.
Por cierto, minutos antes de reunirse con los demás santos, el también llamado “Enrique el Piadoso” confesó a sus cercanos: “He aquí a la que vosotros me habéis dado por mujer ante Cristo, como me la disteis virgen, virgen la pongo otra vez en las manos de Dios y en las vuestras”, refiriéndose a que él y su mujer, llamada dulcemente Cunegunda, habían permanecido inmaculados queriéndose como hermanos mientras estuvieron desposados.
Debo reconocer que en esta última circunstancia disto del pensamiento del afamado gobernante sajón, rey de Alemania y emperador del Sacro Imperio Romano, en sucesión de Otón III, en los siglos X-XI, (973-1024). Mi fe es fuerte pero mi sustancia débil. No aspiro llegar a santo ni al enmascarado de plata. Es más, ya me borré de esa posibilidad desde hace varias décadas cuando en mi pueblo natal “la yerba se movía” como diría el filósofo de Juliantla. Además, a la dueña de mis quincenas no le gustó la posibilidad de ser llamada Cunegunda de los Ángeles en semejanza a la historia en comento.
Pero bueno, ahora debo pagar las consecuencias del decreto que emitieron en el Estado Vaticano y por el que ahora quienes nacen el día 15 de julio deben de llamarse Antioco. De la que me salvé ¡Imagínense!: Antioco Alfaro… ¡Niguas!, ¡Nanay!
Me quedo, compañeros de partido y de sector, con mi nombre de Plaza Sésamo: Enrique Alberto, o sea, Enrique y Beto.
