Segregados
Mario Luis Altuzar Suárez
…mírate! Tan sola, tan abandonada. Muerdes la tristeza en tu entraña”, le digo en la penumbra helada de la habitación, a las ruinas de esa silla que… ¡horror!, ni caricatura de la época de esplendor, no hace mucho, tal vez un medio año. ¡Sí! Es el tiempo en que empieza el olvido. Por más fama que se haya, supuestamente acumulado, en seis meses todos te olvidan. Igualito a ese principio de que la muerte llega a los 15 minutos bajo el agua, todo parece tener fecha de caducidad en este tiempo en que se redujo el planeta a una simple aldea y que la tecnología nos aisló con su culto al individualismo, al grado que, a la pregunta a un hombre de sí habla con su mujer al hacer el amor, él responde qué si, claro, siempre y cuando haya un celular.
Así, veo a la otrora glamurosa silla en los píes de la cama, reflejada en esa espejo de techo a piso y de todo lo largo de la pared, y en un ambiente nostálgico de tinieblas por el oropel y lentejuelas llenos de luz, con ese olor penetrante del popular “Siete Machos” mezclado con el humo de cigarro y en algunas ocasiones, de puros pirateados de las marcas cubanas para acompañar las tradicionales cubas libres a base de ron o brandy combinado con esa agua negra del satanizado imperio sin olvidar aquellos políticos de la narrativa de izquierda dogmatizados por el progresismo que nació el 25 de julio de 1867 con El Capital de Karl Marx, en donde cuestiona la explotación laboral !sin haber trabajado!, ya que siempre lo mantuvo Friedrich Engels. Esos políticos que gustaban de beber coñac e incluso champán como si fuese tequila.
De cualquier forma, era “tiempo de variedad” o como les gustaba decir a los maestros de ceremonia de ese tiempo, “showtime”. Más no tan público. Ese lugar estaba destinado al Lumpenproletariat en la pista general. Para los más iguales estaban los reservados, habitaciones como esta, en donde la silla era un instrumento de trabajo previo a la explotación laboral del tálamo nupcial. Y aquí se soltaban las fantasías más recónditas de los pulcros líderes morales de la sociedad con su propuesta de austeridad franciscana.
Me siento en la piecera para entablar un diálogo con la silla: Dependiendo de la fantasía del cliente, las mujeres podían vestir de monjas, verdugas, diablas… cualquiera en un abanico tan grande. Volteaban la silla y ¡prácticanente la montaban!, en medio del frenesí del alcoholizado visitante. Con música, ¡no!, no tan sofisticada y sensual de estriptis, sino de reggaeton, el porno musicalizado, con sonido de ciento cinco decibeles “pa’ que el cuerpo sienta lo que oye”, empezaban a quitarse la ropa con esos contoneos que querían ser exóticos.
El espejo reflejaba la baba del vidente y sus gritos eufóricos por la excitación que obligaba a, prácticamente, arrancarse la corbata y el saco, la camisa, el pantalón y quedar con el traje con el que vinieron al mundo, para tocarse al seguir con la mirada lasciva los movimientos femeninos que lenta, muy lentamente se despojan de la ropa entre sorbo y sorbo de una bebida que les preparaban los caficios o proxenetas a base de goma y refresco para evitar el riesgo de una real entrega temporal y nacieran las ideas de abandonar el Templo del Placer.
¡Ah! Que tiempos aquellos en que la vida nocturna era candorosa. ¡Nunca más! Desde que controlaron la vida nocturna las mafias en connivencia con los hombres y mujeres del poder. Los mismos que públicamente legislaron para condenar la prostitución y cerraron todos los llamados “antros”, o casi todos, porque siguieron la guía castrista de que funcionara un cabaret insigna, El Tropicana, al frente de cuatro, en donde las mujeres, primero y después, los “pajaritos”, completarán sus ingresos de médicas, enfermeras…
Fue por eso que está allí, la silla abandonada, en medio de la penumbra, en medio de las ruinas de la Catedral del Amor Nocturno. ¿El derecho de piso? ¡No! ¿Cómo? Sí, son los mismos. Fue porque se centralizó como un producto para extranjeros con dólares, los únicos que pueden pagar los sexoservicios en el turismo sexual que explota a los desempleados acasillados en un programa social sin poder adquisitivo y esclavizados en una tarjeta de racionamiento. ¿Qué cuando fue? ¡Nadie lo sabe! Hay razón porque reescribieron una historia de fantasía en la cárcel digital y el apartheid telefónico.
