…simplemente ¡impresionante! Qué manera de ondular la cabellera negra. Tejer los espacios con los dedos en la pelambrera, en forma suave, delicada y muy despacito, del frontal derecho, separandola de la mitad del rostro con esa mirada de fuego armonizada con labios húmedos y, desciende, baja en forma exquisita hasta la punta que muestra la cintura breve. Imposible detener el viaje de la mirada a unos veinte metros de distancia, y aumentar los sentimientos al nivel de la explosión con esa falda roja y abertura del muslo derecho a la cintura.
Cómo una ola, se mueve la sensual cabellera con el movimiento leve de cabeza de izquierda a derecha. La penumbra impide precisar la imagen de la tersura de la piel en el cuello. Lo que aumenta la vibración sanguínea. ¿Qué? ¡No lo puedo creer! Levanta su copa y extiende su brazo derecho hacia mi y los labios gesticulan ¡salud! a la distancia. No es que esté desacostumbrado a los coqueteos femeninos. La diferencia es la hermosura desbordante de su cara afilada. En su metro sesenta y cinco se distribuyen las medidas perfectas. Lo mejor: ¡Se dirige a mí! Lo que jamás me había pasado: ¡Me hizo un manojo de nervios!
Tomo la copa larga con champaña y le respondo a su brindis. Me levanto de la silla alta del bar y me dirijo a ella que muestra una pícara sonrisa mientras acomoda la melena sobre la parte del frente de la blusa negra de encaje. Me encorvo. Tomo sus manos con dedos delgados y uñas rojas muy largas para llevar a mi boca y depositar un beso en el dorso. ¡Parece estremecer su geografía corporal! ¿Será por aquello de la química? Esas feromonas que se soltaron de su cuero cabelludo y volaron al ondear los cabellos con el tejido de sus dedos.
Mientras intercambiamos los códigos sociales en las primeras frases de reconocimiento, sentado frente a una representación divina de Ixchel, aunque los clásicos preferirían a una Afrodita y los más estrictos a una Venus, me imagino recostado boca abajo en la cama king-size o lo que decía una amiga, “una cama de tres vueltas”, y ella, montada sobre mi cintura y se inclina para electrizar mi cuerpo con la punta de sus cabellos en mi espalda. Imposible dejar de mirarme en la profundidad de sus ojos mientras sueño y disfrutar ¡estos pensamientos húmedos! Lo bueno es la semioscuridad del lugar.
Un momento sorpresivo. Seguramente por ello proscribieron el cabello suelto y visible ¡en todas las religiones! Un apéndice de la piel con capacidad para evocar misterio, sofisticación y sobre todo, ese magnetismo transmitido por el viento, pone en desventaja al género masculino. Lo proyecta el apóstol Pablo que en 1 Corintios 11:2-16, señala: “Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra. Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón”. ¡Se siente el miedo a la poderosa arma femenina de sometimiento!
Aunque hay otros, como los musulmanes exponen su extrema debilidad al ordenar ocultar esa extensión de la piel con el hiyab, bajo la manipulación discursiva de supuesta modestia, con elementos de aparente higiene y, sobre todo, devoción mística. ¡Y se fueron al extremo de encarcelar a la mujer en el burka! Cuántos crímenes se cometen en el fondo de los miedos patriarcales que les ¡conduce a la castración de disfrutar la convivencia con la materia creada por la Divinidad, como le llamen!
Al aspirar profundamente su perfume, transmitido por su pelo en mi nariz, cierro los ojos para sentirla sin tocarla, y agradecer al Concilio Vaticano II que “liberara” en 1960 del velo al cabello y que en 1983, en la promulgación del nuevo Código de Derecho Canónico, se omitiera por completo la obligación de cubrir la cabeza al ingresar a una iglesia. ¡Tantos siglos de sufrir la segregación!
Después de cinco tragos, regreso de mis fantasías sensuales al escuchar su voz cadenciosa y armonizada con el ondular de la melena:
-¿Y bien? ¿Qué hacemos?
Me presenta una tarifa por hora y los servicios recibidos que, ¡oh, Dios!, si fuese hombre, bueno un hombre de unos treinta años menos, ¡hasta le duplico la tarifa! ¿A mis senta? ¡Sería todo un desperdicio! Para los dos. Y con un suspiro, escucho los acordes románticos del piano y los violines que ¡me parecieron exequias!
