Carlos Hiram Culebro
El alcoholismo rara vez afecta solamente a quien se emborracha. Sus consecuencias suelen extenderse al hogar y alcanzar a la pareja, los hijos, los padres y otros familiares. Donde existe un consumo problemático de bebidas alcohólicas suelen aparecer discusiones, dificultades económicas, pérdida de confianza, cambios en las responsabilidades familiares y, en algunos casos, situaciones de violencia o abandono. Por ello, hablar de recuperación no significa únicamente pensar en la persona que ha desarrollado un problema con esas bebidas sino también en la posibilidad de reconstruir relaciones que se han deteriorado.
En este contexto, Alcohólicos Anónimos (A.A.) representa una alternativa de ayuda mutua para personas que desean dejar de embragarse. Su propuesta parte de la experiencia compartida de quienes han vivido problemas relacionados con el alcohol y buscan mantenerse sobrios. A.A. ofrece un espacio de acompañamiento en el que la persona puede encontrar comprensión, identificación y apoyo de otros que han atravesado experiencias semejantes.
La importancia de esta labor adquiere una dimensión particular cuando se observa lo que ocurre dentro de la familia. Durante los años de consumo problemático, es frecuente que los familiares intenten solucionar por sí mismos las consecuencias de la bebida. Algunos encubren al bebedor para evitar conflictos, otros asumen responsabilidades que originalmente correspondían a esa persona. La mayor de las veces se establece una relación marcada por la desconfianza, los reclamos y las promesas incumplidas.
Para los seres queridos del adicto al licor, aceptar que existe un problema y comprender que no puede resolverse mediante reproches es de vital importancia.
Cuando comienza la recuperación, estos patrones no desaparecen automáticamente. La sobriedad puede ser el primer paso, pero recuperar la confianza requiere tiempo y cambios concretos en la conducta. .
Un aspecto valioso de A.A. es la posibilidad de que la persona con problemas de alcohol deje de enfrentar su situación en soledad. En las reuniones escucha testimonios de hombres y mujeres que han experimentado pérdidas, conflictos familiares y dificultades semejantes a las que está viviendo. Escuchar a otros contribuye a reconocer el problema y a comprender que la recuperación es un proceso que requiere constancia.
Sin embargo, la familia también necesita orientación. Ayudar a una persona con problemas de alcohol no significa justificar sus conductas ni ocultar indefinidamente sus consecuencias. Tampoco significa asumir toda la responsabilidad de su recuperación. Una actitud saludable consiste en acompañar al enfermo alcohólico, establecer límites y favorecer que busque ayuda.
En este sentido, la información pública que realiza A.A. puede tener una función importante. A través de sus actividades informativas, la organización divulga qué es el alcoholismo, en qué consiste su programa de recuperación y dónde pueden encontrarse grupos de ayuda. Esta labor permite que personas que todavía no conocen la existencia de A.A. se acerquen a una alternativa de recuperación. Como anécdota, cuando el autor de este artículo visitó lo que fue el Penal de Islas Marías, le llamó la atención que en ese reclusorio funcionaba un grupo “de la doble A”
La recuperación, por tanto, puede convertirse en una oportunidad para que la familia modifique también algunas de sus formas de relacionarse. No se trata de olvidar lo ocurrido ni de negar el sufrimiento provocado por el alcoholismo, pero sí de aprender a construir una relación diferente, basada gradualmente en la responsabilidad, la comunicación y la confianza.
Para los hijos, este proceso puede ser especialmente significativo. Los menores que crecen en hogares afectados por el consumo excesivo de alcohol suelen experimentar temor, incertidumbre, vergüenza o confusión, entre otras emociones desagradables. La recuperación de uno de los padres no borra esas experiencias, pero puede contribuir a crear un ambiente familiar más estable. De ahí la importancia de reconocer que el problema no termina simplemente cuando se deja de beber: también es necesario atender las heridas que el consumo pudo haber dejado en la convivencia.
En este sentido, es de gran utilidad la Semana Nacional de Alcohólicos Anónimos para los Jóvenes, de la que en fecha reciente se desarrolló por 14ava ocasión en todo el territorio nacional. El Área Chiapas Centro de la agrupación que se menciona la celebró en la Facultad de Medicina de la Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH), ante una concurrida asistencia de alumnos y de algunos docentes.
La familia, además, puede desempeñar un papel preventivo. La manera en que se habla del alcohol en casa, los límites establecidos, la comunicación con los hijos y el ejemplo de los adultos influyen en las actitudes que los jóvenes desarrollan frente a esas bebidas. Prevenir no significa generar miedo, sino proporcionar información clara y favorecer decisiones responsables.
En México, la existencia de grupos de A.A. permite que personas con problemas de alcohol encuentren espacios de ayuda mutua en sus propias comunidades. En entidades como Chiapas, donde las relaciones familiares y comunitarias tienen una importancia particular en la vida cotidiana, esta posibilidad puede adquirir un significado especial. Sin embargo, el alcoholismo no debe considerarse únicamente un asunto privado de las familias, también constituye un problema de salud pública.
Una de las enseñanzas más importantes de Alcohólicos Anónimos es que la recuperación de una persona abre la puerta a una transformación más amplia. El objetivo inmediato puede ser dejar de embriagarse, pero alrededor de ese cambio pueden comenzar otros, como es recuperar responsabilidades, reconstruir vínculos, mejorar la comunicación y ofrecer a los hijos y a la cónyuge un ambiente más estable.
Carlos Hiram Culebro está convencido que si el problema que se analiza sigue creciendo en el país en el sexo femenino como hasta ahora, la frase anterior no se limitará a expresar “…la cónyuge” sino simplemente “al cónyuge”
Cuando alguien deja de ingerir bebidas embriagantes, no solamente cambia su propia vida. En muchos casos comienza también un proceso dentro de su hogar. La familia tiene entonces la posibilidad de pasar de la incertidumbre a la esperanza, de los reproches a una comunicación diferente y de la desconfianza a una confianza que deberá reconstruirse con hechos.
Por tanto, la recuperación no consiste únicamente en abandonar las bebidas embriagantes. Implica recuperar responsabilidades, afectos y vínculos que parecían perdidos. Cuando ese proceso alcanza al hogar, la sobriedad de una persona se convierte en una una gran oportunidad para que toda su familia vuelva a mirar el futuro con mucha esperanza y optimismo.
(*) Fundador de la Asociación chiapaneca de profesionales para la salud mental AC
